SUBIRSE A UN AUTOBUS EN LA HABANA

Nunca me subí a un camello, esos híbridos entre camiones y autobuses con joroba que recordaban a ese animal, que dominaron el transporte en La Habana desde el periodo especial hasta entrado el siglo XXI. Tampoco en los autobuses de mi ciudad, Málaga, que pululaban por las calles Habanera mediante donación y que reconocía fácilmente por su color anaranjado de mi juventud, pero también porque no habían cambiado los rótulos originales; de esa forma un autobús que iba al Vedado anuncia el nombre de “El Palo” o “Gibralfaro”.

Antiguo autobús malagueño por el malecón

Para moverme por la Habana suelo alquilar un coche o utilizaba a los ruteros. Estos son vehículo que hacen una ruta determinada recogiendo y soltando gente. Resultaba ágil y divertidamente social. De esa forma usé coche ruteros, camiones ruteros, bicis ruteras realizando el habanero gesto de los dos dedos apuntando a la acera de la calle.

Coche rutero cogiendo gente

En esa Navidad del 2018, muerto Fidel y con el primer presidente no Castro desde la revolución, no había coche para alquilar si no era por el doblez y a precios abusivos. Los ruteros habían desaparecido en una huelga encubierta. Era imposible hacerla oficial. Estos protestaban por el galimatías que tienen en su condición de cuentapropista, lo que nosotros llamamos autónomos, con los permisos, costos de las gasolinas, nuevos requisitos administrativos y los siempre sofocantes controles policiales. Como los taxis normales gozaban de una tarifa prohibitiva para un uso normalizado, solo tenía el recurso del autobús que siempre me habían desaconsejado, los mismos cubanos, por su incomodidad.

El antiguo camello

La actual flota habanera de autobuses eran grises y de doble largo. Con seguridad de segunda mano, pero ya con la rotulación digital que permitía indicar la ruta. El Vedado era el Vedado. Cuando fuimos a coger el autobús los primero que me llamo la atención es que existía dos colas para la misma línea. La cola para ir sentado, y a treinta metros más adelante, la cola para ir de píe. Siempre es bonito la capacidad de elegir. Según me explicaron en la primera debías de esperar de 3 a 4 autobuses mientras que en la segunda en el primero o segundo tendría cabida. Su precio para nosotros sería irrisorio ya que estaba en moneda nacional y sería el equivalente a unos céntimos de euros.

Cola de pasajeros de pié

A la entrada estaba el cobrador y el chofer que ejercía de capitán y demiurgo del drama. Ya con el autobús lleno en plaza sentadas y de píe decidió corta la entrada

“hasta el del pulóver azul, después cierro puertas”. De esta forma bien completos empezamos nuestra andadura por los huecos de las calles de la ciudad.

No me encontraba especialmente incomodo, apartando baches y frenazos repentinos, hasta que empezó las paradas. En cada una de ellas se subían más y más gente hasta que cualquier movimiento dentro del autobús se hizo imposible. Pero el autobús seguía parándose en teoría los nuevos pagaban el billete al ayudante del chofer y después intentaban entrar por cualquiera de las puertas a base de empujones. Al intentar cerrase las puertas era normal escuchar “chofer mi mano” “chofer mi pie” la puerta se habrían y cerraban intentando buscar su acomodo de la presión humana. Pero esa presión se transmitía a todas las partes del vehículo, yo estaba casi encima del que estaba sentado y sentía la opresión en piernas caderas, hombros y pechos en un equilibrio raro donde todo nos movíamos como un solo cuerpo con los vaivenes del vehículo. La metáfora como en “latas de sardinas” no era apropiada, las sardinas esta bien juntitas, pero después salían lozanas de la lata. Si hubieran sido sometidas a las distintas presiones que obligaba a tu cuerpo adoptar formas extrañas e inusuales hubieran terminados más como puré. Los dos puntos positivos de la situación era que el cubano por lo general es bastante limpio y que estábamos en diciembre, no quería imaginarme esto en el agosto habanero.

 

La cosa empezó a complicarse más cuando la gente empezó a bajarse.  Eran tres fuerzas contrapuestas que debían de buscar una solución. Los que entraban, los que salían y los que nos quedábamos. Era un movimiento que se ganaba centímetro a centímetro como una victoria “permiso ““permiso” repetían lo que querían salir mientras sorteaban los cuerpos retorcidos de los que intentamos guarda la posición y los que querían entrar. Por un costado asomaba una cabeza de una de las fuerzas entrantes que al momento creció con una mano y una muleta suplicando un asiento. Dentro de la complejidad de la situación el mar rojo se abrió y alguien dejo un asiento para que pudiera sentarse. Igual paso cuando unas niñitas, nada menos que tres gemelas de 7 años, que acompañaban a su mama que empezaron a llorar agobiadas por la situación rápidamente se le cedió un asiento para tres, aunque la ultima tubo que luchar ya que su larga coleta se quedo atrapada mas atrás. Aparte de los cuerpos hay que contar que todo llevábamos: bolsos, mochilas, maletas o paquetes para cubrir nuestro destino de viajeros y que aportaba una presión adicional al espacio disponible.

Salvo algún momento esporádico se prodigó educación y civismo, una suerte de estoicismo para llevar la situación, normalmente en silencio salvo avisos a chofer de quejas por frenazos o aperturas de puerta porque la parada se hacia a viva voz. También daba para chucho y jarana, pequeños relatos de vida compartidos colectivamente dicho a gritos para salvar la barrera de humanidad física que separaban a los protagonistas.

 

  • ¿No me miras? ¿No te acuerdas de mi nombre?

Pues bien, que me regalaste aquella poesía

Se la voy a enviar a tu mujer a ver que opina

  • ¿a cuál a la jaba o a la rubia?
  • A la que tu quieras

Al final el autobús funciona como una metáfora de la sociedad cubana actual, encorsetada por la escasez crónica y la falta de opciones, obligada a contorsionarse para poder resolver los días y jinetear a los años. Una realidad asfixiante que lo nuevos tiempos no han sabido resolver y que el pueblo cubano soporta entre la condescendencia y su alegría natural, pero perdidos en el hastió de la nada cotidiana.

Los viajantes del autobús eramos de una rica diversidad desde agente de aduana, administrativos funcionarios con maletines, familias con niños, todas las edades colores y tamaños. Mayormente se miraba por el espacio que dejaba una ventanilla para ver pasar el paisaje habanero para sentir cada uno esa sensación libertadora que supone viajar, aunque ya, con la reciente incorporación de internet móvil, se veía gente pegada a la pantalla viendo el último video viral de YouTube. La sociedad cambia hasta que llega un momento que ese cambio, como una ola, arrastre cualquier orden que quiera imponer formas anacrónicas. Viajamos sobre las calles habaneras que en estos días cumplen 500 años, entre edificios restaurados y sin restaurar dentro de un orden del caos, la ciudad perdida propietaria de una historia única, bautizada como San Cristobal de la Casas, la ciudad de las columnas, de músicas de jueves por la tarde y rincones de la memoria…

La opresión humana del autobús te obligaba al minimalismo extremo, ver los detalle de la gente alrededor de ti, como nunca lo harías paseando por una calle , un collar, un pendiente, un lunar … delante de mi una chica joven a la que no puedo ver la cara luce un tatuaje en su espalda, unos pequeños dibujos como estrellas y una frase:

 

A veces no sabemos el valor de los momentos

Hasta que se convierten en recuerdos

La habana diciembre del 2018